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La elección

Dentro de la literatura actual con animales, incluiré, de vez en cuando, alguno de mis relatos cortos. El de hoy se titula “La Elección”.

Ya sé que tu mascota es muy importante para ti. ¿Qué harías para salvarla? ¿Qué sacrificarías?

En esta historia la protagonista debe plantearse estas preguntas.

Escapar del incendio

Eran las once de la noche, pero parecía de día. La calle estaba llena de gente corriendo. El coche de la Guardia Civil seguía llamando a los vecinos para que se pusiesen a salvo del incendio. Todos chillaban, preguntaban, pero nadie respondía.

Nosotros también corríamos, pero nadie se había dado cuenta de quién faltaba.

─ Mamá ─ grité ─, falta Copito.

─ Mariña, los gatos saben cuidar de sí mismos, vamos, no te entretengas ─ dijo mi padre.

─ El hada del bosque le protegerá ─ dijo mi abuelo.

El hada, ¿cuándo se darán cuenta de que ya no soy una niña? A mis doce años ya sé que no existen. Siguen tomándome el pelo porque cuando era pequeña decía que en el bosque había un hada. Ahora no me importaría seguir creyendo en ella. Se llamaba Alba.

─ Por favor ─ sollocé ─ Copito está en el bosque, se va a quemar.

─ No podemos hacer nada. Vamos, deprisa ─ me increpó mi madre.

─ En el polideportivo estaremos a salvo ─ comentó mi padre.

Seguíamos corriendo y el humo nos iba rodeando. Olía como cuando se encienden las chimeneas en invierno. Mi abuelo tosía y a mi madre la brillaban los ojos, creo que estaba llorando. En ese momento empecé a temblar, los adultos no me podían proteger, estaban tan asustados como yo. No volví a insistir sobre Copito y recé al hada del bosque, por si acaso.

En el polideportivo parecía día de torneo, con todas las luces encendias. La gente del pueblo entraba en tropel por las puertas de acceso. En todas las pistas, gradas y clases había gente tumbada o sentada. Si no fuese por el miedo que tenía y mi preocupación por Copito, podría haber sido divertido. Me dirigí a un grupo donde estaban algunos de mis compañeros de clase y me despedí de mis padres.

─ Me voy con ellos ─ dije señalándoles.

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Hay que buscar a Copito

Era una excusa. En cuanto mis padres me perdieron de vista, me escabullí hacia la salida. Tenía que buscar al gato.

Me iba topando con la gente que entraba y cuando me preguntaban decía:

─ Voy a buscar a mi abuelo, que se ha quedado atrás.

Y fui en dirección al bosque. Sabía dónde ir. Llegué a la carretera que circula el pueblo y enfrente vi, por primera vez, el incendio. Las llamas cubrían el suelo y habían llegado a los árboles, algunos ardían completamente. Todo parecía una pesadilla de brujas.

Crucé la carretera y entré al bosque por una esquina, donde no había llegado el incendio. Cuando Copito se escapaba solía ir a un claro, donde siempre encontraba restos de comida de la gente que iba a merendar.

Nunca había estado en el bosque de noche y con la oscuridad y el humo no encontraba el camino que llevaba al claro. Menos mal que había traído mi móvil. Encendí la linterna y miré la brújula porque sabía que tenía que ir hacia el Norte. ¡Estaba yendo en dirección contraria!

Retrocedí y cuando por fin encontré el camino que llevaba al claro, una llamarada se acercó desde mi derecha y cubrió todo lo que estaba delante de mí. Ya no veía por dónde ir. Me llegaba el calor del incendio, tenía que huir.

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La cueva

Recordé la cueva que estaba cerca del camino, a la izquierda, y corrí hacia allí a esconderme del fuego. Me senté porque no cabía de pie. El móvil no tenía cobertura ni datos. Solo podía usar la linterna, la brújula y la calculadora, pero no tenía nada que calcular. El humo llenaba el pequeño espacio y me costaba respirar. Apagué el móvil para no gastar la batería y quedarme a oscuras.

─ ¡Qué alguien me ayude! ¡Por favor! ─ grité sollozando.

Me pareció oír una voz de chica, muy bajito:

─ Eh, Mariña, mira aquí.

Miré a todos lados sin ver a nadie, hasta que noté una luz que brillaba a mi izquierda, sobre un saliente de la roca, como una luciérnaga. Me fijé en ella. Era una figura femenina, vestida de blanco y pelirroja como yo. Tenía alas trasparentes como el cristal y desprendía una luz brillante. Me restregué los ojos. El humo me hacía delirar. ¿Me habría intoxicado? Volví a oír la voz:

─ Mariña, soy yo, Alba ¿Ya no te acuerdas de mí?

─ Sí me acuerdo, pero no existes. Al menos esos dicen todos ─ contesté mirando la figura.

─ Pues para no existir, tengo mucho calor. Anda, no te entretengas, ¿quieres salvar a Copito? ─ contestó Alba.

No perdía nada por seguirle la corriente. Aunque fueran imaginaciones mías, si me iba a ayudar tendría que hacerle caso, así que contesté:

─Sí, Alba, creo en ti. Por favor, ayúdame a salvar a Copito.

─ Busca debajo de esa piedra, a ver si encuentras algo ─ respondió el hada o mi imaginación.

Me sentía un poco tonta hablando con una alucinación, pero busqué donde decía. Había un silbato plateado. Como los de los árbitros de los partidos. Algún niño lo habría perdido jugando.

─ ¿Esto es lo que tenía que encontrar? ─ pregunté, sosteniéndolo con mi mano derecha.

─ Sí Mariña. Es un silbato mágico. Solo puedes utilizarlo tres veces. Sirve para crear una corriente de aire que desvía las llamas. Utilízalo con sensatez.

Y se desvaneció en el aire hasta que sólo quedo la oscuridad.

El silbato

─ ¿De verdad ha pasado esto? ─ comenté en voz alta, sosteniendo el silbato.

Abandoné la cueva y giré de nuevo hacia el camino. No podía pasar, las llamas cubrían cualquier entrada, así que, me llevé el silbato a la boca y soplé dirigiendo el pitido hacia las llamas. Según pitaba, el fuego que cubría el camino se desplazó a la izquierda, dejándolo libre.

─ ¡Ha funcionado! ─ grité, mientras me apresuraba hacia mi destino.

Según avanzaba, empecé a distinguir el claro, pero el humo no me dejaba ver bien y los ojos me lloraban. Noté que algo se movía a mi izquierda, donde estaban llegando las llamas. Me pareció ver una mancha blanca, que podía ser Copito. Volví soplar fuerte, dirigiendo las llamas hacia atrás, para dejar libre el borde del camino.

Entonces la mancha blanca huyó dando saltitos.

─ ¡Es un conejo! ─ grité, decepcionada porque había gastado mi segundo pitido.

Seguía acercándome y vigilando el incendio, que quedaba a mi izquierda. Oí un maullido lastimero. Agucé la vista y pude distinguir a Copito escondido detrás de una roca, en medio del claro.

─ ¡Copito, Copito! ─ le llamé a la vez que me acercaba a toda prisa.

Según iba llegando, empezó a soplar el viento y las llamas cambiaron de dirección, desplazándose hacia el claro. El incendio se dirigía hacia Copito.

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Salvar a Copito

Necesitaba utilizar el silbato por tercera vez. Tenía que dirigir las llamas hacia la carretera que pasaba por detrás del bosque, despejando el claro.

Me preparé a silbar y oí ruido de coches. Por la carretera se acercaban varios vehículos que se dirigían al pueblo. Si soplaba hacia allí el fuego alcanzaría los coches y el claro quedaría a salvo. Tenía que pensar rápido, solo podía usar el silbato una vez más.

Elegí, Copito es muy importante para mí, lleva conmigo cinco años, hemos jugado y crecido juntos, pero ¿y las personas de los coches? Ellos no podrían salvarse y Copito todavía tenía alguna oportunidad. Silbé, silbé fuerte dirigiendo las llamas hacia el claro y alejándolas de la carretera.

Lo que antes era un claro del bosque, lleno de matojos y hierba, se convirtió en un infierno. Ya no veía a Copito. El claro era como una gran hoguera de San Juan, que nadie iba a saltar.

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A lo lejos por la carretera pasaron tres coches y un camión, llenos de gente.

Ya no podía hacer más y volví al polideportivo. Según iba llegando, las personas que iban en los vehículos entraban corriendo y gritando:

─ ¡Un milagro!

─ ¡Nos hemos salvado de casualidad!

Entré y me dirigí donde estaba mi familia. Estaban durmiendo. Me acurruqué a su lado, pero no pude dormir. Estaba triste por Copito, pero feliz por las personas que había salvado. Volví a rezar a Alba, para que protegiese a mi gato, pero yo había visto arder el claro.

Cuando se acabó esa noche interminable y empezaron a entrar los primeros rayos de sol, se oyó por los altavoces:

─ El pueblo se ha salvado. El viento cambió y no pasó a las casas. Pueden volver cuando quieran.

Se oyó un suspiro general, seguido de gritos de alegría. Había terminado la pesadilla. Todos nos apresuramos en salir para comprobar que de verdad estaba todo bien, que nuestras casas estaban a salvo.

Cuando llegamos a la nuestra, entré muy triste y volví a pensar en Copito. Ya no volvería a tumbarse en mi regazo. Entré en mi habitación, en la cama había un rollito blanco que no se movía.

─ Uno de mis peluches ─ pensé, mientras se me empañaban los ojos por las lágrimas que querían salir.

Una extraña luz iluminó mi cama y el rollito blanco, se deshizo y me miró con sus ojos verdes ¡Era Copito! ¡Se había salvado!

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Rosa Cabezaolías

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