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La historia de un coche que quería ser familiar

Esta quincena os traigo otra de mis historias. El protagonista es un coche que soñaba con ser familiar. Es una reflexión sobre los prejuicios que muestra que todos tenemos nuestro lado bueno.

Quiero ser familiar

Me han cambiado por uno familiar y aquí estoy, de nuevo, en un almacén con otros coches usados como yo. Esperamos gustar a alguien que nos quiera a pesar de nuestra edad y nuestros defectos.

Este almacén me recuerda a aquel en donde fui a parar después de ser la estrella del concesionario. Allí todos los vendedores me enseñaban y los compradores siempre me querían probar.

–Mire, un deportivo último modelo. Observe las ruedas, la línea. Es un capricho.

–Ya, pero solo tiene dos puertas. Yo voy buscando uno con cuatro y un poco más grande. Tengo críos y este coche no es el que necesitamos.

–Bueno, pero vamos a dar una vuelta. Ya verá como suena.

Y así, uno tras otro. Me llevaban a dar vueltas a la M30. Todavía no existía la M40. Y si no a la carretera de La Coruña, por la cuesta las perdices.

Era la joyita del concesionario, decían, pero nadie me compró.

Y vino otro, más potente, más molón y con aire acondicionado. Y yo fui retirado y llevado a un almacén, más nuevo que éste en el que estoy, pero muy oscuro. Estaba rodeado de otros coches, más grandes y con más puertas.

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Soy diferente

Intenté hablar con los otros coches para no sentirme tan solo:

–Hola, ¿desde cuándo estáis aquí? – pregunté

–Yo solo estoy desde ayer y espero irme pronto –dijo un coche con un maletero muy grande.

–Yo llevo dos días. Ya me han visto muchos compradores –dijo otro con muchos asientos.

–O sea que estaremos poco tiempo –dije.

–Nosotros sí, somos familiares. A ti te costará un poco más. Vosotros los deportivos sois muy caros y no es lo que busca la gente –contestó el del maletero grande.

Pues vaya, es lo mismo que decían los compradores en el concesionario. Yo creía que ser deportivo ero bueno, pero nadie me quería.

–¿Qué ha sido de tu dueño? ¿Te estrellaste?

–No, nunca he tenido dueño. Solo he estado en el concesionario –contesté.

–Vaya, un seminuevo y deportivo. Debes ser muy caro. Vas a estar mucho tiempo aquí, a no ser que se encapriche de ti un loco del volante que te dará muy mala vida –me dijo una furgoneta.

No les caía bien. Decían que los coches como yo acaban muy mal. Que los compran jovenzuelos a los que les gusta la velocidad y su final no suele ser muy bueno.

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Por fin encontré dueño

Y así pasé varios días, viendo salir a otros coches más familiares, como decían ellos. Todos los compradores se fijaban en mí, me abrían, se montaban y acababan diciendo:

–Que guay, pero no es para mí.

Hasta que un día apareció él. No era un jovenzuelo, tenía unos treinta años y llevaba traje y corbata. Según comentó al vendedor, venía de trabajar y por eso iba así de elegante. Se sentó en el lado del conductor, reguló el asiento, se puso el cinturón de seguridad y arrancó, muy suave, sin acelerar demasiado.

–Si quiere vamos a dar una vuelta –le dijo el vendedor

–Suena muy bien, sí, ¡vamos!

Y dimos una vuelta. Me trataba con cariño. No aceleraba fuerte, ni pisoteaba los pedales, como habían hecho otros cuando me probaban. Ese era el dueño que yo quería. Esperaba enamorarle, como yo me había enamorado de él. Estábamos llegando cerca del concesionario cuando vi aparecer un balón delante de mí. Y detrás del balón apareció un niño de unos seis años.  El vendedor y mi posible comprador iban distraídos hablando y no se fijaron. Tuve que actuar y  frené justo antes de que el niño pasase por delante de mí.

–¡Que susto! Casi le atropellamos, pero que bien ha frenado el coche. Ha sido tocarlo y pararse. Es un buen coche. No era lo que iba buscando, pero me lo voy a llevar.

Y me compró y me llevó a casa ese mismo día. Por el camino me comentaba:

–Que chulo eres. Ya verás cómo le vas a gustar a todos.

Y me enseñó a toda su familia y amigos, presumiendo de mí.

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Y me cambiaron por un familiar

Le llevaba y le traía a trabajar, a un pueblo cercano a Madrid. Conducía con cuidado y con suavidad. Pero lo mejor eran los fines de semana. Siempre me llevaba cerca y me dejaba en un garaje. Íbamos con distintos amigos y amigas, hasta que, empezó a venir siempre la misma chica. También trabajaba con él y la llevábamos a su casa.

Cuando íbamos solos me hablaba de ella, la llamaba “mi novia”. No sabía lo que quería decir eso, hasta que un día ya no fuimos a llevarla a ella a su casa ni volvimos a la de mi dueño. Nos trasladamos a otra, donde vivían los dos juntos. Fueron meses inolvidables. Recorrimos España los tres juntos, conociendo los rincones más especiales del país. Me encontré a muchos otros coches que me envidiaban. No era un familiar, pero me trataban como si lo fuese.

Pero esta felicidad iba a tener un fin. Un buen día, mi dueño me dijo:

–Hemos disfrutado mucho juntos, pero ahora voy a ser padre y necesitaré otro tipo de coche. Un familiar.

Otra vez, esa odiosa palabra: Familiar. ¿Y yo que era? ¿No hemos sido una familia hasta ahora? ¿Qué me falta? Y como si me hubiese escuchado, me comentó:

–Tus dos puertas no valen para poner una sillita de bebé y en tu maletero no cabe todo lo que vamos a tener que acarrear cuando nazca la niña.

Y la niña nació. Llegué a conocerla, pero mi dueño tenía razón. Era muy difícil poner el cuco del bebé en mi asiento de atrás, al que se accedía desde las puertas delanteras.

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Nuevo dueño

Y aquí he acabado, en este almacén con todos estos familiares. Ahora soy más viejo que la primera vez y más barato. Creo que ahora no me voy a librar. ¿Me comprará un jovenzuelo al que le guste correr?

Me siguen mirando, me siguen probando. Pero siempre se llevan otro. Los que estaban cuando llegué ya se han ido y han venido otros nuevos, que siguen diciéndome lo difícil que va a ser que me vaya. Que a esta tienda no viene gente que quiera un deportivo viejo.

Por ahí entra una chica jovencita. Se me ha quedado mirando. Pero, viene acompañada de un señor mayor que debe ser su padre. Se dirigen a otros coches pequeños, los que llaman utilitarios. Los miran, entran dentro, revisan sus ruedas, pero ella me sigue mirando de reojo, hasta que dice:

–Mira papá, ese de ahí. El deportivo. Es chulo ¿eh?

–Nena, no te voy a comprar un deportivo para que corras como una loca. Con un utilitario de estos tienes bastante.

–No voy a correr, te lo prometo. Mira como mola.

–Es un deportivo que ha estado muy cuidado –dice el vendedor–. Para una joven como su hija es ideal. Además, siempre es bueno que el coche pueda correr, para sacarle de apuros.

–Papá, no voy a correr. Te lo prometo.

Y entre la chica y el vendedor han convencido al padre y me han comprado.

Me limpian, me ponen alfombrillas. Estoy como nuevo cuando me sacan a la calle para que mi nueva dueña pueda llevarme. Espero que cumpla la promesa que ha hecho y que no corra.

De momento vamos con su padre y es muy prudente. Va a la velocidad recomendada. Avisa de las maniobras con el intermitente y me aparca a la sombra.

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No estoy para estos trotes

Al día siguiente me lleva a la Uni, como dice ella. Me enseña a todos sus amigos. Deja que todos me toqueteen y ¡que me conduzcan! Se montan, aceleran a tope, frenan de golpe. ¡Ya no estoy para estos trotes! ¿Qué se creen?

Ya entiendo a que se referían los otros coches. ¡Qué suerte tuve con mi primer dueño! ¿Por qué ha tenido que venderme?

Si los días de diario en la Uni son malos, los fines de semana son terribles. Solo me coge por la noche. Yo antes por la noche, dormía en el garaje, pero ahora me llevan al centro de Madrid, me dejan aparcado en sitios imposibles, donde mis ruedas sufren, me dan golpes y no descanso. Y luego cuando volvemos a casa, paso mucho miedo, corremos mucho y no vamos muy rectos. No sé si la chica tiene sueño o ha bebido, qué es lo que decían los familiares que hacían los jovenzuelos.

Esta noche me ha llevado a un sitio muy raro. Hay muchos deportivos, unos son recién estrenados, otros con sus añitos como yo, pero están disfrazados con grandes alerones y rayos pintados en los laterales. Ella se para junto a ellos y dice:

–Venga, ¿quién se atreve conmigo?

–Yo mismo, dice un joven que está junto a un deportivo rojo.

Y nos situamos en paralelo. Alguien agita una bandera y salimos los dos hacia un muro que está situado como a un kilómetro. El otro deportivo ruge. Yo también, aunque mi sonido está más cascado.

–Vamos chiquitín  –me dice mi dueña–. Que no nos gane ese niñato.

Y acelera, acelera, acelera y cuando queda poco para llegar al muro, frena y nos quedamos a escasos centímetros. Se oye un fuerte golpe. El otro coche se ha estrellado. Su morro está todo aplastado, pero el conductor sale por su propio píe. Está sangrando, pero no parece muy grave.

–Te has quedado sin coche, fanfarrón – le dice mi dueña.

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Tengo que actuar

La chica sigue increpando al resto de corredores:

–¿Algún valiente más se atreve conmigo y con mi chiquitín?

Y sale otro voluntario con un coche mucho más nuevo que yo y mucho más potente.

–Yo me atrevo. No tengo ni para empezar contigo –grita el joven.

Me lleva hacia donde está el otro coche y se sitúa al lado. Cuando nos indican, salimos los dos a la vez. Mi dueña acelera, acelera, acelera. El muro se acerca y no pisa el freno. ¡Tiene que pisar! Me conozco, sé lo que necesito para parar, pero ella no frena. Solo dice: ¡Sigue, sigue!

Nos vamos a estrellar y mi carrocería es más débil que la de los coches modernos. Se va a hacer daño. No quiero ser el responsable, así que, freno y mi morro se queda rozando el muro. Se oye un gran estruendo cuando el otro coche se estrella.

Los espectadores salen corriendo. Unos van hacia el coche accidentado, para ayudar a su conductor y otros se dirigen hacia nosotros, felicitando a mi dueña.

Ella no está contenta. Apoya sus brazos en mi volante y esconde la cara entre ellos. Noto la humedad de sus lágrimas sobre mí, mientras me dice:

–Chiquitín, me has salvado la vida.

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Y esta es la historia del coche que quería ser familiar. Si te ha gustado, puedes leer más relatos y recomendaciones de libros y cosas que hacer en  mi blog

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Rosa Cabezaolías

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Hola! Soy la autora de este blog. Encantada de tenerte por aquí.
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