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No estamos solos

Ahora que las vacaciones van a ser distintas a las de antes, os voy a contar un viaje de verano de una adolescente con sus padres y su hermano. Buscaban soledad en medio de las montañas del interior de Málaga, en un parque natural y descubrieron que no estaban tan solos como creían.

La historia de un viaje “terrorífico”

Hola, me llamo Sandra y voy a contaros el último viaje de verano que hicimos el año pasado. La verdad es que a mis padres les gusta ir a sitios donde no haya nadie, pero tampoco hacía falta estar tan aislados como el verano pasado. Tenía entonces quince años y debo reconocer que pasé miedo.

Estábamos a finales de julio y habíamos salido de Madrid en el coche a las cinco de la tarde, con todo el calor. A las ocho, ya estaba harta del viaje, del coche, de la música que ponía mi padre y del insoportable de mi hermano, que a sus diez años no había quien le aguantase.

–Mamá, ¿cuánto falta? –preguntó una vez más el enano.

–Alex, son seiscientos kilómetros, vamos a llegar de noche. Yo te aviso cuando quede media hora para que empieces a preguntar –contestó mi madre, que iba conduciendo.

Y así, todo el viaje, hacia algún lugar perdido cerca de la costa malagueña. Yo iba en mi mundo, escuchando música en el móvil y viendo el paisaje. Qué bonito debe ser el paso de Despeñaperros, que pena que ahora no se vaya por ahí. Desde la autopista se ve como la carretera antigua iba sorteando los precipicios, que dejaban ver los valles al fondo.

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¿Camino a la playa?

–Ya tenemos que dejar la autopista –informó mi padre, imitando la voz del navegador–. En la próxima salida, dirección a Nerja y Maro.

No sonaba mal lo de Nerja. Al menos había cerca una ciudad más o menos grande. Sí, lo confieso, soy urbanita hasta la médula y a mí eso de la casa aislada en medio de la montaña no me mola nada.

–Mamááá –grité yo–, que a Nerja se va por ahí.

–Ya lo sé Sandra, pero es que no vamos a Nerja, vamos dirección a Maro.

–Ya es de noche cerrada. Espero que esté bien indicado a partir de ahora –dijo mi padre.

Y fuimos dirección a Maro, fuese lo que fuese eso de Maro, y bajamos, bajamos, por una carretera estrecha, mal asfaltada que se iba dirigiendo a las playas de Maro.

–Papá, ¿es que vamos a estar cerca de la playa? –pregunté.

–No, pero es el camino que nos han dicho.

Íbamos pasando por casas con muy buena pinta. Todas eran blancas, rodeadas de una valla blanca también y en casi todas se veía una piscina rodeada de palmeras y hamacas. Pero seguíamos y seguíamos, no era ninguna de esas.

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Montaña y carreteras

Llegamos al final de la carretera que terminaba en unos invernaderos, de esos cubiertos de plástico que se ven por toda la Costa de Andalucía. Detrás de los invernaderos se veía el mar. Había un cartel que indicaba dos direcciones: hacia las playas y hacia un parque natural. Y claro, fuimos hacia la del parque natural, que seguro que estaba más lejos. No iba a ser tan fácil.

–Mamá, ¿queda ya media hora? –preguntó el enano.

–Y yo que sé, pregúntale a tu padre que lleva el correo que nos mandó el dueño de la casa.

–Yo creo que estamos cerca, dice que cojamos la desviación del parque natural y luego va dando unas indicaciones un poco extrañas, pero creo que lo encontraremos –contestó mi padre.

–¿Y las llaves? –pregunté yo.

–En la puerta hay un buzón que se cierra con una combinación. Dentro están las llaves.

La desviación que cogimos era una carretera, mal asfaltada, que iba subiendo por una montaña con árboles y matorrales. No tenía ninguna iluminación y solo veíamos lo que alumbraba la luz del coche. A derecha e izquierda se veían caminos sin ninguna señal, que no parecían llevar a ningún sitio. Y lo peor de todo es que, desde que nos desviamos, mi móvil se había quedado sin cobertura y sin internet.

Llegamos a un punto en el que no podíamos continuar en coche y solo había un camino hacia un rio, pero ni rastro de ninguna casa.

–No encontramos la casa, tenemos que llamar al dueño –dijo mi padre.

–¿Cómo? Si no hay cobertura desde que hemos empezado a subir.

Y tuvimos que bajar la carretera despacio, muy despacio, buscando un punto con cobertura. Si la subida fue difícil, la bajada fue peor. Yo seguía fijándome y solo veía matorrales a ambos lados y árboles al fondo. En algún momento me pareció ver sombras de algo que se movía, pero no llegué a distinguir si era una persona o un animal. En cualquier caso, era extraño, porque no habíamos visto ninguna casa.

 

 

 

 

 

 

¿Donde está la casa?

No pudimos telefonear hasta llegar al principio del camino, donde se iba hacia las playas.  Llamamos al dueño de la casa y nos dijo que le esperáramos allí que venía enseguida.

Y allí, esperamos:

–Esto es un timo –decía mi madre.

–No existe la casa –decía yo.

–Tranquilas –decía mi padre. El dueño parecía un hombre serio cuando reservé la casa.

El enano, a esas alturas, se había dormido. Todos desquiciados y él durmiendo. Vaya ayuda.

Y el “enseguida” del malagueño se convirtió en media hora de inquietud y discusiones entre nosotros. Se paró a nuestro lado una furgonetilla de esas de campo que tiene la parte de atrás abierta. De ella se bajó un hombre de más de setenta años, con una pinta muy extraña.

Se acercó a nosotros y con su acento cerrado solo dijo:

–Vayan detrás de mí, es muy fácil.

Y vuelta a la carretera, a los precipicios y a los caminos. Nuestro guía, que lo conocía, iba muy rápido y lo perdíamos en todas las curvas. Yo seguía viendo sombras, tras todos los matorrales y árboles, ¿alguien nos estaba espiando?

Una de las veces que perdimos de vista a nuestro guía, seguimos despacio hasta que un hombre, en medio del camino nos paró haciendo señas. ¡Vaya susto que nos dio! Era el dueño que nos estaba esperando para que no nos saltásemos el camino que se abría a la derecha. Pasamos detrás de él y llegamos a una gran verja con un letrero ilegible. Se bajó, abrió la verja y nos adentramos en un camino sin asfaltar y lleno de piedras, flanqueado por grandes árboles, quizás frutales. Tras los árboles yo seguía viendo sombras moverse y, a veces, parecía que nos estaban observando.

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¿Al fin en casa?

Fueron cinco minutos, pero a nosotros se nos hizo eterno y, al fin, vimos una casa blanca en medio de un terreno rodeado por una valla muy alta de ladrillo rojo y nada más en los alrededores. El malagueño paró la furgoneta frente a una gran puerta verde que estaba en medio de la valla, se bajó, se acercó a nuestro coche y nos dijo:

–Pues aquí tienen su casa, cojan las llaves de ese buzón e investiguen por su cuenta, que ya es muy tarde y la parienta se me va a mosquear si tardo mucho.

Y se marchó corriendo, sin explicarnos nada. No había luz Y allí estuvimos los cuatro, buscando como se abría la puerta de la valla y atravesando después un camino oscuro que llevaba a la casa, iluminándonos con los móviles, que era para lo único que servían. No se veía la famosa piscina que anunciaba la publicidad. A derecha e izquierda del camino había grandes árboles y al fondo la casa, que por la izquierda estaba pegada a la ladera de una colina que ascendía todavía más.

Llegamos a la puerta, localizamos la llave y dimos la luz, que era muy tenue y apenas dejaba ver cómo era la vivienda. Estábamos tan cansados y hartos qué localizamos la habitación principal, y las otras dos para mi hermano y para mí y sin cenar ni deshacer las maletas nos fuimos a dormir.

Mi habitación tenía una ventana con una cortina de dudoso color beis. Me asomé y vi que tras la ventana pasaba cerca la valla que rodeaba la casa, detrás se veía la ladera que habíamos visto antes en el lateral de la casa. Estaba llena de árboles y matorrales. Tras la valla vi unos ojos verdes brillantes que me miraban. Cerré de golpe, corrí la cortina y me metí en la cama, metiendo hasta la cabeza debajo de la sábana.

A estas horas deben ser imaginaciones mías –pensé. Pero se empezaron a oír golpes contra la ventana. Como si alguien estuviese intentando abrirla. Me tapé todavía más y me puse la almohada en la cabeza para no oír nada. Nos habían seguido hasta aquí. ¿Animales salvajes? ¿Un psicópata? ¿Zombies? –pensaba yo, influida por todas esas series americanas donde todo pasa en una casa aislada en el campo. Y sin cobertura para llamar a la policía.

Oí unos pasos que se dirigían a mi puerta y unos golpes en ella.

–Ahhhhhh  –grité.

–Sandra, soy yo, Alex, déjame pasar

Era el enano. Le abrí y entró en la habitación.

–Tengo mucho miedo. Se oyen muchos ruidos y me ha parecido ver a alguien rondando fuera  –me dijo.

–Anda, bobo –contesté yo, haciéndome la valiente.

–Que sí, déjame dormir contigo

Y yo, que estaba muerta de miedo, consentí en que se acostara en mi cama, deseando que la noche se pasase cuanto antes para salir corriendo de allí.

Nos quedamos abrazados toda la noche. A mi edad, ya me vale. Pero el miedo es libre. Y finalmente creo que llegamos a dormirnos, a pesar de los golpes y a pesar del calor porque teníamos todo cerrado a cal y canto y estábamos a finales de julio.

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Y se hizo de día

Me desperté abrazada a Alex con una brillante luz que llenó la habitación. Me costó centrarme donde estaba, hasta que recordé todo, los ruidos y los ojos verdes vigilando. Por fin había amanecido. Ahora nos podríamos ir ya a otro sitio.

Abrí bien los ojos y revisé la habitación. La verdad es que era bonita. Las paredes estaban pintadas de verde clarito y tenía dos grandes armarios color pino. La cama en la que dormimos era muy grande y la verdad es que había sido cómoda. Era también color pino, como el resto de los muebles, la mesilla, un escritorio y una silla.

Lo que hace la luz, si hasta es bonita la habitación. Me acerqué a la ventana, que había cerrado la noche anterior y vi que las cortinas eran verdes, haciendo juego con la pintura de las paredes y la ropa de la cama. No me atreví a asomarme.

Alex se despertó entonce, vino corriendo a la ventana y abrió la cortina. Vimos la valla de la casa y detrás la ladera de una montaña, llena de árboles.

–Vamos a investigar, que parece bonito –exclamó Alex.

Y salió corriendo, sin esperarme.

Pasamos por un pasillo pintado de color salmón claro y con cuadros representando paisajes marineros. Las puertas de los otros dormitorios y las de los cuartos de baño eran blancas.

Llegamos al salón, que estaba unido a la cocina. Y allí mi padre ya estaba preparando el desayuno. Qué bueno el olor a café después de una mala noche y acostarse sin cenar.

Mamá ya estaba en la mesa y nos habían puesto el desayuno.

–Anda, dormilones. Con lo cansados que estábamos, hemos dormido como lirones. ¿Verdad? –comentó mi padre.

–Bueno, no exactamente. El enano ha dormido conmigo –contesté.

–Porque tenía miedo y tú también, no te hagas la valiente, lista –exclamó Alex.

–Pues sí, la verdad es que no lo hemos pasado muy bien –contesté, sin dar más explicaciones.

–Venga desayunad y luego exploramos, que os va a gustar –dijo mi padre.

Después de desayunar fuimos a recorrer el exterior de la casa. Estaba rodeada de árboles frutales, aguacateros, higueras, vides. Todo esto me lo iba diciendo mi padre, porque yo no sé reconocer los árboles.

Detrás de la casa había una piscina. Bueno, esto no está tan mal. Si no fuese por las sombras, los ojos verdes y los golpes.

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Todo tiene explicación

–Habéis visto esa ladera que está plagada de aguacateros, están tan maduros que caen y dan contra la valla y contra la casa  –comentó mi madre.

Así que los golpes eran eso. Los aguacates. Un misterio explicado, pero ¿y las sombras y los ojos verdes?

Seguimos recorriendo la finca, que había que reconocer que era preciosa. Por detrás de la piscina se veía una bajada hacia un valle y al fondo una granja. Tenían gallinas, perros, gatos y hasta un burro. Los gatos estaban correteando por la colina.

De pronto mi madre se paró, bisbiseó y me dijo:

–Y creo que en estas vacaciones hasta vamos a tener mascota.

Y un precioso gato negro se acercó a nosotros ronroneando y mirándonos con sus ojos verdes muy fijos en nosotros.

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¿Os ha gustado esta historia? Tiene algo de verdad. El sitio existe y hace unos años estaba tan aislado que no tenía cobertura ni internet. Y el gato existió de verdad y le adoptamos en el veraneo.

En mi blog puedes encontrar más historias, recomendaciones de libros y de sitios donde ir, curiosidades de gatos…

Y en este punto puedes saber más de mi último libro.

 

Rosa Cabezaolías

Rosa Cabezaolías

Hola! Soy la autora de este blog. Encantada de tenerte por aquí.
Rosa Cabezaolías

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