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Rosa Cabezaolías

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Otras historias: Un año sin verano

12 mayo, 2020 por Rosa Cabezaolías 1 comentario

He decidido volver a escribir en mi página después de este parón. Todos teníamos muchas cosas que ver y leer, gracias a los organismos que nos han dejado cultura gratis para pasar mejor el confinamiento y no era el momento de los bloggers.

No quiero escribir historias de cuarentena, de pandemias,… De esas va a haber muchas. Quiero escribir sobre otras historias, de problemas actuales que nos siguen preocupando a todos.

Esta quincena os traigo una aventura de migración, de valientes que lo dejan todo para buscar un mundo mejor.

Un año sin verano

Ruth camina cargando dos bolsas que parecen muy pesadas. Hay una espesa niebla que no la deja ver el final de la gran avenida en la que se encuentra. Su pelo negro y sus rasgos andinos delatan su origen peruano.

Se ha detenido. Sus ojos negros brillan y apenas contienen una lagrima que amenaza con caer. Se ven amplios portales a ambos lados de la calle defendidos por frondosos árboles en los que se engancha la espesa niebla con la que ha amanecido hoy Madrid. Nota los pinchazos fríos de la humedad que se filtra a través de la chaqueta que le ha prestado su madre.

Mira al fondo de la calle sin ver el final y, tiritando de frio, vuelve a dudar sobre la decisión que ha tomado. Cuando dejó su país era primavera y aquí es otoño. Va a ser un año sin verano.

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La señora

Esta mañana la acompañó su tía a la casa en la que va a trabajar. Cuando subieron al piso, les recibió, María, la señora, hablándoles a gritos. Ruth se sentía intimidada por ella, hablaba muy alto y la aturdía. Aunque se ha mostrado simpática, parecía que la estaba interrogando.

–¿Nunca te has dedicado a la limpieza?

–No señora, pero en casa de mi abuela, limpiaba y cuidaba de mis hermanos pequeños, además de ir a clase.

–¿Y qué piensas hacer aquí?

–En cuanto tenga papeles, quiero volver a estudiar. Mi madre dice que hasta entonces no puedo.

–Bueno, de momento aprende a limpiar bien. Si tú me dejas enseñarte serás la mejor en este oficio. Procura siempre ser buena en todo lo que hagas.

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Perdida

Nada más irse su tía, salieron las dos juntas de la casa para ir al mercado. Allí María conversó con todos los dependientes, a gritos, pero con dulzura. Oyéndola, Ruth se ha dado cuenta que habla alto porque está un poco sorda y que, aunque su voz pueda parecer lacerante, no es tan tosca como aparenta, sino todo lo contrario.

Luego la señora se fue a casa y la dejó en la carnicería, mientras le preparaban el pedido. Cuando la preguntó si sabía volver, Ruth contestó que sí. Pero, cuando salió y torció hacia la calle donde está la casa, no reconoció el portal. Todos parecían iguales.

Por eso está ahora parada en la calle, mirando a ambos lados, envuelta en la niebla que la está empapando y con una lágrima a punto de caer. No puede pedir ayuda a nadie, porque no sabe qué preguntar y además no debe llamar la atención.

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El portal

Se acerca a uno de los portales, presiona el portero automático del 5º C, eso sí lo recuerda, pero no contesta nadie. La señora tenía que estar en casa. No debe ser aquí. Cruza enfrente y vuelve a pulsar el mismo piso. La contestan, pero oye gritos y a un bebé llorando, la dicen que no moleste, que ha despertado a los niños. No puede seguir probando en todos los edificios, piensa, mientras la lágrima rebelde cae al suelo cuando se agacha para recoger de nuevo las bolsas.

Sigue andando hacia el final de la calle. Oye un ruido ensordecedor. Unos obreros están taladrando en la acera. No, por ahí no ha pasado antes. Se habría fijado. Siente rabia, pero no quiere romper a llorar como una criatura. Se apoya en uno de los árboles de la calle notando su tronco rugoso y mojado. Mira alrededor procurando recordar cómo era el portal en el que entró.

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En casa

Le viene a la mente una gran puerta verde con cuarterones y un llamador dorado con forma de puño. Al entrar evocó a su abuela, su casa, su familia. Le inundó un olor a guiso casero, posiblemente de garbanzos.

Se restriega la cara para que no se note que ha llorado y ahora camina decidida calle adelante, buscando el portal verde, buscando el aroma a hogar hasta que lo encuentra y llama:

–Señora, soy Ruth

–Cariño, estaba preocupada. Has tardado mucho

–Sí, me ha costado encontrar el portal, pero ya estoy en casa

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Publicado en: Historias de Rosa Cabezaolías, Otros temas

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Comentarios

  1. Beatriz dice

    12 mayo, 2020 a las 2:55 pm

    Una muy bonita historia! 😁😊

    Responder

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